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10 Oct 2016

Un autorretrato no es un selfie

Viendo la entrevista que Cayetana Guillén Cuervo realizó a Alberto García Alix en julio de 2014, y que compartimos en nuestro Facebook la semana pasada, me vienen a la mente mil reflexiones.

Pero quiero aprovechar la coyuntura actual, con la explosión de las redes sociales de las que no me cabe duda aún no hemos sido capaces de asimilar y entender su impacto, para darle un par de vueltas a esto de las diferencias entre un autorretrato y un “selfie”, pues una cosa no tiene nada que ver con la otra. Para ello, me vais a permitir que tire de archivo, pues ya puse mis pensamientos al respecto por escrito hace unos meses, y me viene al pelo para contaros lo que opino.

Ilustrado con la imagen de arriba, que no es más que un «selfie» de mí misma, decía así:

¿Qué ves?. ¿Me oyes?
Dime, ¿qué ves?.
Ni tengo el pelo rosa, ni la piel tan fina. No ves mis ojeras, ni mis granos, ni mi cicatriz en la frente. Todo eso soy yo. Un
#nofilter. No soy esta foto. No soy lo que quiero que pienses que soy. Ni siquiera se acerca. No soy ese «yo» virtual; el GRAN «yo» de mentira, que es el más verdadero de todos.

Pero sólo somos capaces de ver la verdad si miramos bien, si sabemos mirar. Sólo si sabemos ver lo que tenemos delante, empezaremos a oir lo que nos dice.

Se habló de una generación perdida por el abuso de las drogas en los 80. De una generación perdida por la falta de intereses en los 90. A nosotros nos toca ser la generación perdida por el “autodesconocimiento voluntario».

¿Quién soy?. ¿Cuántas veces nos lo hemos preguntado?. ¿De verdad no sabes quién eres?. ¿En serio me pregunto quién soy?. Venga va. Sé quién soy desde que tengo uso de razón. Soy María. Buena persona con mal genio. Divertida y aburrida. Sé que no sé casi nada aunque siempre creo saberlo todo. CABEZONA en mayúsculas, aunque dócil si me lo argumentas. Soy mogollón de cosas, y la verdad es que me caigo bastante bien.

Mientras me daba un baño, me he hecho una foto muy parecida a la que ilustra este post, con la intención de verme la cara a falta de un espejo. Casi se me cae el teléfono al agua y me ha salido movida. Al verla, me ha parecido buena idea volverla a hacer, posando, (eso sí) con la cabeza girada, sin rostro. Un pensamiento me ha llevado a otro y se me ha ocurrido este viaje a través del GRAN YO de mentira virtual, detrás del que escondemos nuestro Yo más real.

Creo que a menudo nos preguntamos quiénes somos, para ocultar otra pregunta, que es la que de verdad nos quita el sueño y nos da miedo descubrirla como duda. ¿Quién quiero ser? Porque la verdad es que no puedo ser más que yo. ¿Por qué querría pretender ser otra cosa si sólo puedo ser yo? Más gorda, o más flaca. Con más o menos arrugas. Más tonta, más lista, más borde o más simpática. Esta era de la estética, la imagen, y el culto al cuerpo, unida a la tremenda explosión del exhibicionismo masivo en las redes sociales, pretende idiotizarnos, querido.

¿Tan inseguros estamos que necesitamos mostarnos en la bañera, para seducir con curvas que no son reales pues dependen del ángulo, pieles que no son tan blancas, pues van cargadas de filtros «instagrameros», looks concretos que nos dan ese aire que tanto quisiéramos tener de manera natural?. Está la femme fatale, la punk, la rockera lunática, la fashion, la inocente, la culpable… ¿Y qué pasa contigo?. ¿Dónde estás tú?.

La verdad es que tú y yo, estamos en casa, en la oficina, en la barra de un bar, sentados en la mesa de un restaurante, o quizá estamos dando un paseo o durmiendo una siesta. Pero no estamos aquí, en la red. Porque esos no somos nosotros. 

Cuántas fotos hemos subido a facebook en las que aparecemos deslumbrantes, pero al subirlas lo hacemos desde el sofá de nuestra casa, en pijama, despeinadas, con el rimel corrido de todo el día, y de algún modo sintiéndonos muy solas. O solos. Estoy segura que esto también va por vosotros, chicos. Y respondes a los comentarios de «guapa!», con «ay, gracias! guapa tú!». Y sigues tirada en el sofá, en pijama, despeinada y con el rimel corrido, sintiéndote quizá, un poquito menos sola a partir del «me gusta» número 20.

La red está llena de fotos nuestras, las que subimos nosotros, y en las que nos etiquetan (esas no pasan nuestro egofiltro y nos joden soberanamente). 

La verdad es que cuando hablas conmigo, no soy capaz de ver los defectos que SÍ están y te morirías si los vieras. Cada gesto inconsciente, caída de ojos, mueca con la boca o la nariz, están ahí, en el vivo y el directo, no en esa foto #sinfiltro tan perfectamente encuadrada y escogida. 

Cuando hablo contigo, te escucho. ¿Acaso tú ves los míos?. Cuando hablas conmigo ¿qué ves?. Dime. ¿Me escuchas o me llenas de filtros?

Por otro lado, esta que escribe es mi YO virtual, que destapando a mi YO real, consigue dos veces seguir haciéndose la interesante. ¿Pues no va de eso la cosa?

Porque sólo somos capaces de ver la verdad si miramos bien, si sabemos mirar. Sólo si sabemos ver lo que tenemos delante, empezaremos a oir lo que nos dice.
…y ya.

 

Por eso, un autorretratro no es un selfie. En el selfie mostramos lo que queremos que vean los demás, es quizá, una exaltación del exhibicionismo maquillado. Un autorretrato es un trabajo muy personal, es algo sincero, una mirada directa a la cámara desde nuestras entrañas, mostrando quienes somos, y no necesariamente debe aparecer nuestro rostro, pues como dice García Alix en la entrevista, “un autorretrato es aquello que nos define”.

Autorretrato, Alberto García Alíx
Autorretrato, Alberto García Alíx

 

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